¿Cielo y tierra en mi contra?
Enero 23, 2025
Creado por: Isabel Orozco, teóloga y artista visual; directora de La Casa del Artesano/@lacasadelartesano_medellin
¿Te resuenan estas palabras? Enfermedad. Escasez. Relaciones rotas. Duelo. Conflictos familiares. Infidelidad. Adicciones. Depresión. Insomnio. Desempleo. Corrupción. Muerte. Deseos de morir. Duda. Desaliento. Frustración. Decepción. Abuso. Cansancio. Desesperanza. Pérdida. Ansiedad.
Si te identificas con una o más de estas palabras, es porque vivimos en un mundo caído, marcado por la destrucción y el dolor que afecta a todos. Además, el sufrimiento es una realidad intrínseca en la vida del cristiano. Como dijo Jesús a sus discípulos: “Tomen, cada día su cruz, y síganme” (Lucas 9:23).
El sufrimiento puede ser tan intenso que distorsiona la percepción de nuestra situación y de la presencia de Dios. Sin embargo, quiero que recordemos esta verdad: Dios está presente en el sufrimiento, aunque parezca que está en nuestra contra, ausente o que no actúa a nuestro favor.
Para entender la profundidad de este dolor, nos sumergiremos en la historia de Job, un hombre justo y próspero que, sin razón aparente, lo perdió todo: su familia, sus bienes y su salud. Su historia es un relato bíblico poderoso que explora la pregunta del sufrimiento inmerecido y la aparente ausencia de Dios en los momentos más oscuros. El capítulo 16 de Job es un poema lleno de imágenes desgarradoras y emociones al límite que describen su experiencia. Al leerlo, sentimos la inmensidad de su sufrimiento y su aparente falta de esperanza. Como en un salmo de lamento, Job expresa cómo se siente víctima de una conspiración, con todo y todos en su contra.
La tierra está en mi contra (Job 16:1-5, 10)
Job comienza hablando de sus amigos y de la gente que lo rodea. Está cansado de sus discursos, pierde la paciencia y los confronta con preguntas retóricas: “¿No habrá fin a sus discursos inútiles? ¿Qué les irrita tanto que siguen contendiendo?” (Job 16:3).
El paciente Job se desborda ante sus amigos y les dice sin rodeos que sus palabras no han traído ningún consuelo: “Valiente consuelo el de todos ustedes”, exclama (Job 16:2). Job ha experimentado la dolorosa realidad de ser acusado injustamente por amigos cercanos. Estos amigos, que supuestamente venían a consolarlo, terminaron acusándolo de haber cometido pecado como causa de su desgracia. Cualquiera de nosotros podría decir: “¿Con amigos así, para qué enemigos?”. Job se siente traicionado, señalado y calumniado.
Job expresa su dolor en un tono de denuncia: “La gente se mofa de mí abiertamente; burlones, me dan de bofetadas, y todos juntos se ponen en mi contra” (Job 16:10). Se siente decepcionado, acusado por sus amigos, con su esposa instándolo a maldecir a Dios, y burlado por sus vecinos.
Siendo un hombre próspero, Job seguramente tuvo mucha gente a su alrededor: trabajadores, familia extendida, amigos. Muchos se acercaban a él en busca de ayuda. Dios mismo lo describió como “un hombre justo y que no tiene igual en la tierra” (Job 1:8). Job compartía su riqueza con los necesitados, una muestra de su justicia. Pero ahora, en su necesidad, aquellos a quienes ayudó han desaparecido; Job ya no les es útil. Ahora es un estorbo, una vergüenza.
Cuánto habría deseado Job que sus amigos, siervos y vecinos practicaran con él las palabras de Isaías (Isaías 35:3-4) y de Pablo (Romanos 12:15): “Fortalezcan las manos débiles, afirmen las rodillas temblorosas… Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran”.
El cielo está en mi contra (Job 16:6-17)
Además de sentir que la tierra estaba en su contra, Job también afirma: “El cielo está en mi contra”. Todo lo que describe sobre su profundo dolor y depresión lo lleva a considerar que Dios está en su contra. “Yo vivía tranquilo hasta que él me quebró… Me has reducido… como si tuvieras que demostrar que he pecado”, le dice Job a Dios. Expresa su dolor con metáforas, se muestra vulnerable, desnuda su corazón y habla de sus emociones y condición. “Si hablo, mi dolor no disminuye, si me callo, tampoco se me calma” (Job 16:6). Job describe su sufrimiento y señala a Dios como responsable de lo que le sucede, diciendo que Dios se ha estrellado contra él. Afirma que Dios ha afectado todas las áreas de su vida: su cuerpo, su dignidad, su familia, sus relaciones.
Job es honesto con sus sentimientos. Se describe a sí mismo como abatido, en el polvo, sin fuerzas, solo, abandonado, destruido, atacado por todos, incluso por Dios, desgastado, en los huesos, deprimido, con el dolor cosido en la piel, al borde de la muerte.
En la literatura de lamento, Dios valida la expresión de las emociones, del dolor, del enojo, de la frustración y del deseo de rendirse. Job no es el único que se expresa así:
- Jeremías (Jeremías 20:14-18) expresa profunda angustia y maldice el día de su nacimiento.
- Elías (1 Reyes 19:3-5) cae en depresión después de una gran victoria y desea morir: “Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres”.
- David (Salmo 88), en uno de los salmos más oscuros, termina sin esperanza: “Has alejado de mí al amigo y al compañero, y a mis conocidos has puesto en tinieblas” (Salmo 88:18).
- Jesús mismo expresa angustia profunda en Getsemaní (Mateo 26:38-39): “Mi alma está muy triste, hasta la muerte… Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa…”, y en la cruz, citando el Salmo 22 (Mateo 27:46): “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.
Estos textos bíblicos muestran que la Biblia no oculta el dolor ni exige una espiritualidad fingida. Al contrario, legitima la expresión del sufrimiento humano delante de Dios. Abre la posibilidad de la queja, del desahogo y de expresar la furia en oración. Hablar de lo que nos duele nos ayuda a procesar, sanar y aliviar las cargas y tensiones en nuestro corazón. Es importante hablar de nuestro dolor primero con Dios y luego, si es necesario, con un cristiano maduro que nos acompañe en el proceso.
Un testigo en contra de mis acusadores (Job 16:18-22)
En medio de su sufrimiento, Job busca apoyo: “Un testigo en contra de mis acusadores”. En el Antiguo Testamento existía la creencia de que la sangre de una víctima inocente clamaba desde la tierra pidiendo justicia, como la sangre de Abel (Génesis 4:10). Job espera que, después de su muerte, su sangre siga gritando por su inocencia. También espera un testigo, un intercesor en el cielo que, a diferencia de Satanás, interceda a su favor.
Esta profunda aflicción de Job se extiende al capítulo 17. Allí, en su desesperación, clama a Dios pidiendo un defensor, un mediador en medio de sus acusadores, tal como era costumbre en los juicios antiguos. Pero no encuentra a nadie que lo defienda; se ha convertido en el escarnio de todos, su destino parece ser la vergüenza. Olvidado, solo y burlado, sus pensamientos vuelven a la muerte.
Job es consciente de la realidad de la muerte y la ve como una posibilidad inminente. Se siente como si tuviera un boleto en mano para un viaje sin regreso, hundiéndose en las profundidades del mar sin esperanza de salvación.
Cree que va a morir sin poder demostrar su inocencia, sin un testigo que lo defienda. Se sume en la depresión y la desesperanza, viéndose envuelto en la muerte, la oscuridad, el polvo, la corrupción y los gusanos. El abismo es su casa y las tinieblas son su cama.
Job no puede ver a Dios como su defensor porque está cegado por sus emociones y circunstancias. Para él, Dios está ausente y es su enemigo, actuando en su contra, entregándolo en manos de sus adversarios, partiéndolo en dos y provocando todo su sufrimiento. Su sufrimiento lo ciega y su dolor le roba la esperanza.
Lo que Job no sabe, y lo que es asombroso, es que ese testigo que busca desesperadamente, pero que no encuentra, es el mismo Dios. No sabe que más adelante lo verá levantarse para defenderlo ante el cielo y la tierra, para demostrar su inocencia. Job no necesita un testigo, ni un defensor, ni un intercesor, porque Dios mismo es quien lo defiende, y lo hará con creces. Pero aún no lo sabe.
¿Resistir más?
Para ver a Dios actuar, Job solo tiene que resistir un poco más. Pero, ¿cuánto es “un poco más”?
“¿Cuántos años tendré que esperar para dejar de ver a mi hijo recaer una y otra vez arrodillado ante las drogas y dominado por su esquizofrenia?”, pregunta una madre que no ha tenido una noche tranquila en quince años.
“¿Resistir un poco más? Llevo varios años sin trabajo o con trabajos intermitentes y, aunque soy adulto y con hijos, dependo económicamente de mi madre anciana”, diría alguien más.
“Tres de mis hermanos nacieron con condiciones especiales y sobreviven en las calles, siendo objeto de burlas y abusos. ¿Debo resistir más?”.
“Resistir lo que esta embolia me permita, con mi movilidad reducida a una silla de ruedas”.
“¿Resistir más? ¿Hasta cuándo? ¿Cuando mis hijos pequeños puedan valerse por sí mismos y yo pueda ir a cine, salir de viaje o comprarme el vestido que quiero, porque ahora, cuidando sola de ellos, no puedo hacerlo?”.
“Resistir un poco más… ¿Hasta cuándo, Señor, me olvidarás para siempre? ¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” (Salmo 13:1, Mateo 27:46).
Este puede ser el lamento silencioso de nuestro corazón, la vergüenza de una fe debilitada que ocultamos a los demás, el aliento que nos falta…
Jesús dijo a sus discípulos, conociendo las angustias de sus corazones: “Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso” (Mateo 11:28).
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Testimonios
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Genial!!!
Que bueno es saber que no estoy sólo
Genial
Muchas gracias, me ayudó mucho!
Señor, ayúdame a resistir un poco más y a esperar en tu justicia